La Paz
4000 metros sobre el nivel del mar no son moco de pavo, así que al rato de aterrizar en el
aeropuerto de El Alto, ya nos faltaba el aire y la cabeza pesaba como si fuera de plomo. Hicimos nuestra cola de 10 minutos en el control migratorio. Unos policías uniformados y de mal humor, desde unos cubículos de madera contrachapada, que parecían kioscos de golosinas, nos sellaron el ingreso a la República Bolivariana de Bolivia.
De allí, rapidito a un taxi, para bajar unos cuantos cientos de metros de altura, hasta la ciudad de La Paz.
El Alto nos recibió
con un mediodía soleado y tibio, contra todo pronostico, y montañas de basura
acumulándose en las intersecciones y medianas de las avenidas, a causa de una
huelga de los trabajadores del recojo de basura, actividad privatizada por el gobierno
municipal de la ciudad (opositor a Evo Morales) y, que hace agua (más bien
basura) por todos lados.
Encontré algo más
empobrecida a la ciudad, en comparación al año 2006 cuando la visite por
primera vez, a pesar que, los indices de pobreza han bajado sensiblemente en
los últimos 10 años en Bolivia. El centro de la ciudad, con todo lo
representativo que es, siempre en las capitales latinoamericanas, me mostraba
una cara menos amable que los indices macro económicos. Como siempre.
Las mansiones envejecidas
alrededor del Paseo El Prado (será ese el destino de los centros históricos
de Sudamérica, ayer esplendidas viviendas de la oligarquía rentista, hoy mudo
retrato de su deterioro y, ojala, anuncio de su próximo final), cayéndose a
pedazos, tugurizadas, sucias de hollín, combinando con el rancio olor a
fritanga de los múltiples puestos al paso de pollo broster. Calles donde a
menudo, se ven ancianos o niños mendigando. Como sombras pasan embozados unos
adolescentes, con el rostro cubierto con pasamontañas, cual Subcomandante
Marcos lustrabotas, ofreciendo su servicio al paso u ofertando su periódico El
Hormigón Armado - Colectivo de lustra calzados, vende dulces y limpia
parabrisas, los olvidados de siempre, los anónimos que, en La Paz se han
organizado para defenderse y hacer valer sus derechos. En medio del paseo, una
chabola de familiares de detenidos desaparecidos y, un megáfono incansable
acompañando la información, con fotos y reclamos de justicia para las víctimas
asesinadas y/o desaparecidas por el Plan Cóndor, con carteles envejecidos y
sucios también, hablan de tiempos idos, pero que aun no han traído uno nuevo.
¿Cuanto tiempo de
políticas sociales será necesario para cambiar realmente una sociedad?, ¿Cuánto
de subir gradualmente los salarios, hasta que representen la cantidad total de
valor creado y de vida invertida?. ¿Cuánto de mejorar la calidad de vida, de
poblaciones enteras como la boliviana, como la andina, expoliadas por siglos,
condenadas a la marginación y miseria, por los españoles y luego por las
repúblicas criollas, las banana republic (en este caso estaño
republic)?. ¿Cuántos años, lustros, décadas de crecimiento económico, de
redistribución de la riqueza mas justamente, de potenciar la educación y los
valores ciudadanos, de democracia popular?.¿ Cuantos años serán necesarios?,
acaso cien, doscientos, para poder asentar sociedades, países donde sus
habitantes vivan con dignidad. 100 años de continuidad por lo menos pensé.
La peor imagen de esos
días, una niña de 10, 11 años, bailando en una esquina dando saltitos como una
muñequita mecánica. Una muñeca de trapo, cuando paraba y miraba con los ojos
hacia abajo. Avergonzada cuando paraba, avergonzada también cuando bailaba,
agarrando y alisándose sus negrisimas y hermosas trenzas. Bailando sobre un
mismo sitio, con una musiquita de mierda que salía de un radio a transistores.
Cuando se percato que la miraba, recogió su radio a pilas, la bolsita de las
limosnas, y partió raudamente entre el gentío de aquel día gris, de aquel día
horrible. Como ella muchos niños en la calle mendigando, solo superados en
número por ancianos mendigando, vendiendo caramelito o pidiendo plata
directamente, gente con ropas del campo, migrantes del altiplano, viviendo en
la mugrienta y helada calle. Sudamerican rock.
La ciudad es sabido,
está dividida geográfica y clasistamente, el norte pegado a la cordillera,
corresponde a la ciudad de los pobres, de la migración del campo, del tugurio.
Al sur y abajo, las esplendidas mansiones y los barrios que tratan (inútilmente
claro) de no ser América Latina, lejos de la chusma, de los cholos, de los
pobres. Tanto asco y miedo les tienen que, han abandonado su ciudad antigua,
con sus palacetes señoriales y, en donde los arrebatos racistas, llegaron a ser
tan increíblemente estúpidos y delirantes que, hicieron en 11 ocasiones
acribillar a tiro de pistola, el monolito de piedra, conocido como Monolito
Bennet, traído de Tiahuanaco, a un parque publico a inicios del siglo XX
(felizmente ya está de vuelta en Tiahuanaco, a salvo de tiradores racistas).
Pasando el tradicional
y aristocrático barrio de Obrajes, camino a Calacoto, hay un desvió (con
microbuses y taxis baratos) que lleva al impresionante Valle de La Luna,
obra maestra de la naturaleza, algo afeado su entorno por los ricos y sus
mansiones que, en su delirio hortera/huachafo, acercaron al límite sus casas.
Igual la naturaleza es incomparable, superior a cualquier creación humana. Solo
al pie de los imponentes Illimani y Huayna Potosí, se explica este paraje
surcado por la erosión de intensas lluvias prehistóricas, modelando figuras,
picos, montañas a escala, bosques de terracota, laberintos de gentiles.
Caminaba tarde,
pasadas las 4, cuando el sonido de una quena capturo negativamente mi atención.
Mire con el zoom de la cámara, hacia donde venía la musiquita, y vi, subido en
uno de los picachos a un hombre con chullo, tocando la quena. Un brichero
haciendo bulla, pensé despectivamente (20 años viendo bricheros me han
hecho pasar de la novedad, al asombro, a la envidia, a la simpatía, a la
indiferencia y, al hastío).
Ya nos habían
advertido, desde siempre. Cuidado con los aymaras son...especiales...son
cerrados...son negociantes...son peligrosos, ya no recordaba cuando había
sido la última vez que me habían advertido, porque desde hace años vengo
escuchando la misma advertencia. Eso quedo de manifiesto la ultima noche en La
Paz, cuando tomamos en el Paseo El Prado uno de esos omnibuses GMC, enormes, de
puro fierro, aparatosos en las estrechas y congestionadas avenidas del centro
de la ciudad. Queríamos ir al Terminal terrestre para comprar un pasaje de bus
directo a la frontera y de allí a Puno, a continuar el viaje esta vez por
tierras peruanas.
El bus debido a sus
dimensiones debía desviarse, y pronto nos desorientamos completamente acerca de
donde debíamos bajar, además de preocuparnos por las apariencias cada vez
marginales de las calles (parecidas por esa parte al barrio de San Jacinto, o
el cerro 7 de Octubre en Lima). Volví a preguntarle al chófer si ya debíamos
bajar, cuando tres personas diferentes sentadas en la parte delantera, me
empezaron a dar indicaciones de tiempo y lugar, cada cual más precisos, sacando
en resumen que faltaba aun como 10 minutos más y diciendome que no me preocupara,
que me avisaban, que me vaya de vuelta a mi asiento. Una vez allí, desde todos
los flancos del bus, oficinistas, jóvenes emos, señoritas en edad de merecer,
mamachas con trenzas, señores con pinta de chamberos, todos nos iban dando una
nueva información de donde exactamente bajar, cuantas calles y hacia donde
debíamos caminar, donde no debíamos cruzar la avenida, desde atrás se acerco un
señora quien nos tomo del brazo, diciéndonos que el chófer tenía la O-B-L-I-G-A-C-I-O-N
de dejarnos exactamente en la esquina mas cercana al terminal. Ya bajando,
le increpaban varios al chófer que era mejor media cuadra mas allá. Casi me
caigo por agradecer a toda la gente que, nos iba deseando buen viaje, mientras
bajaba las escaleras del bus.
Partimos de La Paz,
rumbo al Lago Titicaca, muy temprano por la mañana, desde un Terminal Terrestre
algo caótico. Sobre la hora de salida, después de hacer una cola ante la
ventanilla de la agencia, nos llevaron raudamente a un vehículo que era la
mitad de grande y el triple de viejo que la foto del bus que nos mostraron al
comprar el boleto. En fin, gajes del oficio, tarea para la administración de la
ciudad para mejorar los servicios y evitar la estafa. La cólera solo me duro
dos horas puteando a la informalidad, mientras no terminaba de entrar en la
especie de cubículo de fierro, trampa para enanos, que era mi asiento. Nada que
la visión impresionante y arrebatadora del Lago Titicaca no sanara. Gracias
Bolivia, gracias La Paz. Regresaremos.
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